La música en la literatura

Música y literatura. W. Harnett

BUENO, con el fin de reactivar contenidos de nuestra página he vuelto a actualizar la
lista de novelas “musicales” que en tiempos ya colgué erigiéndome en crítico musical, por supuesto con permiso de nuestra profe de Lengua y Literatura y de nuestro bibliotecario. Espero que para estas vacaciones, y las que vengan, esta pequeña selección de novelas de temática apropiada, musical claro está, nos permita seguir en la literatura los buenos momentos de nuestros ensayos y conciertos.

         José Luis Bartolomé

  • La ópera de Vigàta, de Andrea Camilleri. Ed. Destino, colección Áncora y Delfín

Aunque en las críticas publicadas se dijo que la novela era “hilarante, irreverente y festiva” a mí se me ocurre otro calificativo más gráfico y directo: “descojonante”. Camilleri es un autor siciliano famoso por la serie de novelas policíacas del comisario Montalbano –bautizado así en honor a Manuel Vázquez Montalbán- . Pero esta novela es “histórica” y refleja  las “vicisitudes” que se producen en una pequeña ciudad de Sicilia a finales del siglo XIX con motivo de la inauguración de su teatro de Opera y de la ópera que es “seleccionada” , más bien “impuesta” políticamente con tal motivo, y  que se convierte en el desencadenante de todo lo que acontece y la excusa para trazar una, repito, descojonante historia- “fresco magistral” – donde no falta de nada: intrigas varias, sexo y cuernos, compañías de ópera de provincias, caciquismo político y revolución social y todo ello en la decimonónica Italia profunda… ¡como en España, vamos! pero con la diferencia de que aquí las rivalidades furibundas no son por los equipos de fútbol sino por los compositores musicales y sus óperas. Matiz apreciable por otra parte… El teatro de la ópera arderá el día del polémico y estrafalario estreno pero el cuadro costumbrista descrito alrededor nos entretiene y recrea.

El fondo musical que tendría esta novela está claro: las óperas de Donizzetti y Bellini.

  • Un asesinato musical, de Batya Gur. Ed. Siruela

La trama se desarrolla en el Israel actual, lo que tiene también su punto curioso, aunque la política no esté presente en el libro, al menos directamente. Michael Ohayon es un culto detective que entabla íntima amistad con una chelista perteneciente a una familia de músicos de fama internacional y que toca en una orquesta del país –donde no se interpreta a Wagner, claro está–. Profesionalmente se ve implicado en la investigación de un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga lo que puede “contaminar” su objetividad. Dato curioso: ¿puede una cuerda de violonchello ser un instrumento mortal?. La novela despeja la duda… La trama de los asesinatos tiene que ver con el descubrimiento de la partitura de un antiguo réquiem barroco aunque la novela describe muy bien las interioridades de una gran orquesta y las personalidades – complicadas, para que vamos a engañarnos que ya sabemos cómo somos nosotros –  de los músicos y de la familia de la chelista en especial: todos ellos músicos -¡qué panorama!– aunque, claro, llegar al asesinato por la música… En cuanto al fondo musical lo apropiado sería algo de Vivaldi (tiene que ver con la investigación…) y también Wagner (por provocar).

  • Concierto barroco, de Alejo Carpentier. Alianza Editorial

Un clásico obligatorio. Es una novela corta que se lee en una tarde. Planteamiento surrealista en la imposible reunión que durante unos carnavales de Venecia mantienen el sajón Haendel y el cura “rojo” Vivaldi, – no era cura obrero, sino pelirrojo – con sus alegres discípulas del Ospedale della Pietá.  Fiesta y música. Música y fiesta. Lo más curioso es el lenguaje descriptivo del cubano Carpentier, un lenguaje auténticamente musical, aunque suena más a reggeaton que a barroco. Un experimento literario, una mezcla curiosa: fussion que dirían los modernos, entre lo caribeño, lo teutónico y lo mediterráneo. ¿Y que música puede ser el fondo de esta joya literaria? Evidente, los concerti de Haendel y Vivald!… ¡Anda que no hay para elegir!…

  • Muerte en la Fenice, de Donna Leon. Seix Barral

Una policíaca de categoría. Como todas las novelas de esta brillante autora norteamericana afincada en Italia, la trama ocurre en Venecia y el protagonista, el Comisario Guido Brunetti -bautizado así por un músico italiano del XVIII-, debe investigar una muerte acaecida justo en el descanso de una representación de ópera en La Fenice –el maravilloso teatro de Venecia-. El pobre comisario se enfrenta a directores de orquesta ególatras que chocan contra cantantes no menos orgullosas. Todo muy bien narrado con el detalle psicológico/musical de los protagonistas, la bien dosificada intriga policiaca y el incomparable marco de la ciudad de la laguna como telón de fondo. De fondo musical: ópera al gusto pero tirando a lo italiano “racial”: Verdi, Mascagni, Leoncavallo, Puccini…

  • La partitura, de Felipe Hernández. Ed. Seix Barral

Un poco rara esta novela: dos músicos –un profesor de conservatorio mayor y un joven compositor- hacen un extraño pacto para componer una partitura muy especial. El joven lo pasa fatal con el encargo y le ocurren las mil perrerías. Podría ser una reflexión sobre el acto de la creación de la composición… Pero no sé… ocurren otras cosas raras (por ejemplo unas peleas de perros…). Sexo… el justico: el músico tiene novia pero acaba rompiendo por culpa de la composición. No sé… la verdad es que me resultó un poco desconcertante y si hay eso que llaman “metalenguaje” en la escritura, no lo encontré. Difícil encontrarle un fondo musical: seguro que contemporáneo y seguro que dodecafónico o más allá…

  • Obertura francesa, de Luis Manuel Ruiz. Ed. Anagrama

Esta es más friki todavía que la anterior. Nada más y nada menos que un ensayo científico para crear un clon de J. S. Bach, que resulta que al final se escapa de un sitio que parece el Internado de Antena 3 (¿os acordáis?) y va por ahí tocando jazz. ¡Ah! Y un joven músico que se mete en todo el follón para rescatar al personaje –ya que todo lo que tiene de genio musical le falta de “sustancia” como dirían en el pueblo- . Por supuesto también hay chica… la novia del músico. A escuchar las suites francesas, ¿no?

  • El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán. Ed. Planeta

Buena novela en la línea de MVM. La trayectoria paralela de dos músicos amigos, durante sus años de estudio, en los años veinte del siglo idem, en Barcelona y en París, muy bien descritos en sus respectivos ambientes artísticos. La relación personal y artística se convierte en divergente a partir del puesto que cada uno de ellos decide ocupar en los bandos de la guerra civil. Ya os podéis imaginar quien es el que pierde y quien el que gana y cómo ambos llegan, con dispar fortuna, hasta el final de siglo. Escrita con la mezcla de sensibilidad e ironía tan propia de su autor. El fondo musical de la novela lo tengo claro, me evoca Mompou.

  • El enigma Vivaldi, de Peter Harris. Ed. Debolsillo

La típica novela en la que un joven musicólogo que investiga en Venecia -¡otra vez Venecia!- encuentra la pista de una composición de Vivaldi que revelará un secreto que hará cambiar la historia… En fin lo de siempre, en la línea de El Código Da Vinci pero con Vivaldi… – y sin templarios de por medio aunque sí con el Vaticano dando por ahí-. Si el cura rojo levantase la cabeza… ¡si él lo único que hizo fue componer cuatrocientas veces el mismo concierto! Para pasar un ratillo… y de fondo, pues eso, uno o varios de los cuatrocientos…

  • El violín negro, de Maxence Fermine. Ed. Anagrama

¡Otra vez en Venecia! No sé si esto es una guía de novelas musicales o un folleto turístico de la capital del Véneto. Bueno aquí la ciudad no es al menos la protagonista. El protagonista es un luthier. La historia se asemeja a la de la película del violín rojo –¡qué buena película y qué buena música la de la banda de John Corigliano!– con la diferencia de que aquí cambian el barniz porque hay un secreto en la construcción de un violín que el protagonista desvelará. Novela corta, escrita con un estilo intimista… nada de acción y nada de sexo… sólo amor. Y sobre la banda sonora ya la he apuntado.

  • El afinador de pianos, de Daniel Mason. Ed. Salamandra

Es la odisea de un apacible y hogareño afinador de pianos londinense que tendrá que viajar a la Birmania colonial –ahora se llama Myanmar u algo así-  con una extraña encomienda que sólo pudo ocurrírsele a la retorcida y perversa diplomacia británica, el “foreigh office”. Novela romántica, melancólica, sencilla y al mismo tiempo abierta a las aventuras y los horizontes exóticos… Todo con un toque muy “british”. (O sea, todo lo contrario de la reseñada en el número uno). Muy bien escrita, la propia escritura tiene un tempo peculiar  -un swing– que hace disfrutar de su lectura. Lo siento pero aquí no hay cuerdas frotadas, la cosa va de un Stenway que viaja a las selvas del lejano oriente y ya se sabe lo que pasa con los percusionistas… A esta le va un fondo musical british, of course… Elgar, Vaughan Willians, F. Delius, W. Walton.

  • Una música constante, de Vikram Seth. Ed. Anagrama

Un pedazo de novelón. Para mi gusto, magnífica. Por fin, la pareja protagonista son los dos músicos. Ella, Julia, pianista. Él, Michael, violinista. La actual ciudad de Londres, muy bien descrita, como telón de fondo del argumento. Perfectamente reflejadas las vivencias de un cuarteto  de cuerda  del que él forma parte, las relaciones personales entre los músicos y el ambiente que los rodea. La evocación también de Viena y Venecia como lugares donde se desarrolló la relación de la pareja durante su época estudiantil y sus escapadas románticas. Representantes y managers, luthiers, críticos, compositores, seguidores, alumnos y alumnas (o alumnado para ser genéricamente neutro y políticamente correcto) van formando un coro de personajes perfectamente engarzados con los protagonistas y la trama que van formando sus encuentros y desencuentros. Una novela extensa donde hay de todo, y muy bien contado, pero sobre todo hay música: Schubert, El arte de la fuga de Bach, los cuartetos de Beethoven, los quintetos de Brahms… así que a acompañarla con música de cámara de la buena.

  • El malogrado, de Thomas Bernhard. Ed. Alfaguara

Bernhard es uno de los escritores malditos y al mismo tiempo más importantes de la literatura en lengua alemana contemporánea. Escritura experimental de un gran autor que se centra en el conflicto existencial de un genial pianista y la opresión que para su carácter y sensibilidad supone enfrentarse a la música y la sociedad vienesas –convencionales ambas-. Tres pianistas, uno de ellos nada más y nada menos que Glenn Gould estudian en el Mozarteum de Salzburgo con Horowitz (¡ahí es ná!). Con el arranque de esta situación ficticia el autor va desarrollando una reflexión-monólogo –todo el libro es así- de uno de ellos sobre la vida y la música. Un poco de paciencia sí que hace falta para terminarlo. No hay capítulos, por no haber no hay ni un sólo punto y aparte… En fín, densa, experimental y existencialmente musical. A oírla con piano y sólo piano.

  • Mozart de viaje a Praga, de Eduard Mórike. Ellago Ediciones

Mórike es un importante escritor romántico. Esta brevísima novela data de 1856 y es una interesante forma de aproximación psicológica a Mozart desde la visión historicista, pero romántica, de los escritores siglo XIX. Narra el descanso del compositor y su séquito en el castillo del narrador con motivo del viaje que hacían a Praga para el estreno de Don Giovanni. Una pequeña joya, curiosa y al mismo tiempo brillante, y que se lee en un voleo.

  • El pianista del guetto de Varsovia, de Wladyslaw Szpilman. Amaranto Editores

Aunque hayáis visto la película con el exnovio de Elsa Pataky de prota el libro es tremendo. No leer si se está depre… Lo más fuerte es que está escrito por el mismo pianista protagonista, que pudo rehacer su vida como concertista y director musical de Radio Varsovia desde 1945 a 1963 y que ya lo publicó en Polonia en 1946 aunque sólo se hizo famoso con su reciente traducción, viniendo a continuación el éxito, la peli y todo lo demás. Sucede durante la segunda guerra mundial y narra la resistencia-supervivencia sobrecogedora del pobre pianista en la ocupada Varsovia nazi hasta el momento de la liberación de la ciudad por el ejército soviético. Muy fuerte… En cuanto al fondo musical, pues si estamos en Polonia y con un piano…

  • La décima sinfonía, de Joseph Gellinek. Ed. Debolsillo

Parece que el tal Gellinek es el seudónimo de un crítico musical. Y se nota. La intriga está muy bien planteada en torno a la búsqueda de la partitura de lo que pudo ser la décima sinfonía del gran Beethoven. Está ambientada en la España actual por lo que aparecen famosos y famosillos, periodistas, políticos, jueces… lo que es nuestra formación social en pleno desarrollo corrupto. Sin embargo hay muchos y ocurrentes  “guiños” musicales a lo largo de la narración que se agradecen e ilustran la por otra parte conseguidísima trama policial. Se nota que el autor sabe de qué va la materia musical y la misma va envolviendo a los personajes apoyando y justificando la trama. Atrapa en su lectura. Atrapa mucho y el final… totalmente inesperado. A escuchar las sinfonías de Beethoven toca.

  • El violín del diablo, de Joseph Gellinek. Ed. Plaza y Janés

En la línea de la anterior. El mismo autor y tampoco defrauda. Atrapa con su bien trabada intriga. La verdad es que es un buen pasatiempo para unos días de vacaciones… Aquí el prota, el objeto del delito que desencadena una complicada acción es un Stradivarius ¿o es un Guarnieri?. Bueno, un ejemplar que vale mucha pasta y además conduce, inexorablemente, a la muerte a quien lo toca… Asesinada la actual violinista propietaria en pleno Auditorio Nacional, la mitad de los miembros de la orquesta se convierten en sospechosos… y ahí empiezan las pesquisas que se remontan hasta la vida atormentada de Niccolo Paganini y del pacto que, sostenían, mantenía con el diablo para poder tocar con el virtuosismo que lo hacía. Trama interesante con varias anécdotas musicales coherentes con la historia y curiosas. Excelente ocasión para repasar los grandes conciertos de violín del siglo XIX y XX empezando por los de Paganini, claro.

  • Sabor a chocolate, de José Carlos Carmona. Ed. Punto de lectura

Un pequeño libro que se lee en una sentada y que narra brevemente una historia de amor que discurre desde el año 1922 hasta el 2001 entre un artesano del chocolate y una violonchelista, hija de un director de orquesta, hermana de pianista, amiga de cantante, tía de violinista… Vamos, que toda la familia política del protagonista, el pobre chocolatero, está metida a fondo en el mundo musical lo que seguramente explique el despiste que envuelve al mismo en su trato con todos ellos y las curiosas experiencias en las que, bien a su pesar, interviene. (¡Pero alma cándida, a quien se le ocurre mezclarse con músicos sin serlo!). La acción de la novela va discurriendo entre Suiza y los Estados Unidos y abarca un siglo convulso –el siglo XX naturalmente– que sirve como marco en el que desenvolver una trama de sentimientos y relaciones humanas que están condicionados o filtrados, siempre, a través de la presencia de la música. Fina psicología… y como música de fondo un buen concierto de violonchello y orquesta (Dvorak, Elgar…)

  • Sabor a canela, de José Carlos Carmona. Ed. Planeta

Del estilo anterior aunque aquí la protagonista de la novela (femenina) sí que es una violonchelista con aspiraciones a directora de orquesta a la que una accidentada peripecia vital –en la que no faltan episodios/dramones lacrimógenos dignos del serial más dramático- le provoca alternar momentos de encuentros y desencuentros con la música. Un poco más extenso que el anterior es también candidato a poder ser leído de una sola tirada en una tarde donde no haya otra perspectiva mejor que practicar. Sin embargo y a diferencia por ejemplo de Gellinek el autor no muestra excesivos conocimientos prácticos musicales. Aquí la música es el telón de fondo de las experiencias vitales de los protagonistas narradas con sencillez y con un pelín -a mi entender– de sensiblería. Por supuesto, me niego a caer en el topicazo de decir que es literatura femenina… podemos seguir con el mismo fondo musical…

  • El tercer concierto, de José Luis Rodríguez García. Ed. Eclipsados

Aquí tenemos un autor familiar, Catedrático de Historia de la Filosofia en la Uni de Zaragoza. La verdad es que yo no sabía de él desde los tiempos de los mítines revolucionarios. Y sí, se desenvuelve tan bien con la novela histórica como lo hacía con el materialismo histórico, y en ambos casos con un toque de experimentación y heterodoxia. El hilo de la novela es la narración de los últimos días de Chopin en su piso de plaza Vandôme de Paris. En la agonía de su enfermedad repasa sus recuerdos… -los acontecimientos más significativos de su biografía- y por su casa van desfilando también los personajes de su vida, que son también los de la Historia de la Europa del XIX. Y no, a pesar del título, no es que exista un tercer concierto para piano póstumo cuyo descubrimiento de pie a una complicada trama policial… No, esta vez la novela va de cosa introspectiva, del repaso existencial de quien se ve ante el acorde final después de una larguísima cadencia;  aunque aviso que la estructura narrativa y el lenguaje empleados exigen poner atención… Obvio que hay que escuchar los conciertos para piano de Chopin (por cierto, hay una versión en Youtube del segundo por una orquesta de cuerda de Zaragoza que no esta mal… la Tutti, creo que se llama)

  • Un invierno en Mallorca, de George Sand. Varias editoriales

Y hablando de Chopin he aquí la narración de su estancia en Mallorca, concretamente en Valldemosa, durante el invierno 1838-1839 contada en primera persona por la que era su “acompañante”, la escritora George Sand. Podemos comprobar que el tópico que tienen en Europa sobre España: “Qué bonita sería España sin los españoles” tenía ya depuradas y finas expresiones literarias a mediados del siglo XIX y es que junto a las bellas descripciones del paisaje, la naturaleza y los monumentos de la isla se acompaña también la cruda narración del fenotipo torvo y la actitud nada edificante de los isleños… ¡Pero cuántas putadas les hicieron a esa pareja de “extranjeros” y “artistas” que además vivían juntos sin haberse casado! En fin, que hasta en Uganda les hubieran tratado mejor… Retrato veraz de la España profunda sufrida por el propio Chopin, que se volvería a la tumba al ver ahora el partido crematístico que los descendientes de aquellos talibanes le sacan a su estancia en la isla… Y a oírse los Preludios y los Estudios completos.

  • El violinista de Praga, de Michael Crane. Ed. Debolsillo

 Mozart ya ha llegado a Praga, o sea que pillamos la época a continuación de la novela de Mórike, con la diferencia de que aquella era buena literatura y esta es… evasión (vamos a dejarlo ahí). Otra que va de asesinatos en masa durante la estancia de Mozart en Praga en el otoño de 1787 –qué poco de vida le quedaba al pobre…– con motivo del estreno de Don Giovanni. Intrigas por doquier en un coctail de asesinatos, sectas, conspiraciones políticas… y el bueno de Wolfi por allí en medio haciendo el canelo como si la cosa no fuera con él. (inciso: ¡Cuánto daño ha hecho la película Amadeus en la visión caricaturizada y frívola que ahora tenemos de Mozart! Alguien que compone ese Réquiem o ese Adagio y Fuga en Do menor que en su día interpretamos, ¿os acordáis?, no podía ser tal “sinsustancia” por mucho que Hollywood se empeñe…)  Y sí, compañeros/as, lamento descifraros el final pero el asesino… ¡era un violinista! (¡Qué apañadicos que somos… es que sabemos hacer de todo y como decía aquella: “Yo por mi violín : ma-to!”). Buena ocasión para repasar los conciertos de violín de Wolfi.

  • Púrpura profundo, de Mayra Montero. Ed. Tusquets, colección La sonrisa vertical

 

Ya tocaba –en el sentido ordinal del verbo– una novela erótica pura y dura –en el sentido de auténtica. ¿O es que los músicos –género neutro- no tenemos “sentimientos”?.  En este caso asistimos a las memorias de un crítico musical que más que preocuparse por las formas musicales se preocupó durante su dilatada carrera de las formas de los/las ejecutantes. Vamos que más que las oberturas le iban las aberturas.  Y así desfilan las conquistas musicales del ínclito pichabrava: una violinista caribeña,  un pianista ( el crítico le daba a todo y no distinguía “cuerdas” ) , una trompista, una celestista y, para terminar, otra violinista ( parece que las violinistas son más fáciles…). Vamos un sinvivir de acrobacias instrumentales -arco arriba, arco abajo…-, calores y sensaciones sonoras, timbres y texturas musicales varias, narradas todas ellas con extenso lujo de detalles y adornos (ya sabéis: a”poya”turas, mordentes a destiempo, sforzandos, cadencias libres…..) en un tono muy Mayor con varios rombos, digo sostenidos. Y sobre el fondo musical, no sé… ¿sexofón?… digo ¿saxofón?

  • Novecento, la leyenda del pianista en el océano, de Alessandro Baricco. Ed. Anagrama

Al principio fue un monólogo teatral, que luego fue llevado al cine por Giusseppe Tornatore con música de nuestro admirado compañero Morricone, y que el mismo autor acabó convirtiendo en una novela corta. A pesar del título no tiene relación con la famosa película del compañero Bertolucci y la no menos famosa música también de Morricone. (Oh tempora, oh mores…  obreros y campesinos unidos en la lucha final…). En esta novela, Novecento es el nombre del pianista del trasatlántico Virginia que a principios del siglo XX hacía el trayecto entre Europa y New York. Vive sólo, por y para la música, que toca en solitario o en compañía de la orquesta del barco. Sin música y sin barco no es persona y ahí está la narración de su vida. Está bien, es breve y se lee también en un ratico. Baricco es un novelista italiano bastante conocido (Seda) y que también ejerce de crítico musical (y aunque esto vaya de novelas os recomiendo, de paso, su provocador y lúcido ensayo El espíritu de Hegel y las vacas de Wisconsin, una reflexión sobre la música culta y la modernidad). Piano, por supuesto, a poder ser Gershwin.

  • El recreo de los perdidos, de Israel David Martinez. Ed. Lulu

Tengo que advertir que como el autor es amigo, mi reseña es muy personal aunque siempre es una ventaja conocer al artista. Compositor y profesor que ha sido en varios Conservatorios –ahora en el del Liceu-, el cachondo de Israel –que vive desde hace años en Jaca- se ha descarado con una novela tipo coral donde un rebaño de personajes en el Londres actual van tejiendo vivencias (y más de una extravagancia) alrededor del estreno de un cuarteto de cuerda compuesto por el protagonista central de la novela. Las reflexiones sobre la composición, la presentación pública de la misma, el papel que juegan en este mundo los propios compositores, los músicos ejecutantes, los directores (“los cachondos del palito”)… es la parte seria de la novela (y no cabe duda que se trasluce en ella la propia experiencia y el conocimiento de primera mano del ambiente descrito que tiene el autor). La caracterización estrambótica y las aventuras delirantes de los disparatados personajes que van apareciendo no es menos interesante y ayuda a leer la novela con una permanente hilaridad. Para más información la página del artista, que incluye sus composiciones: www.israeldavidmartinez.com. Mi sugerencia de fondo musical va a chocar un poco, pero, no sé por qué, pondría los cuartetos de Bartok… ahí lo dejo.

  • Las joyas del paraíso, de Donna Leon. Seix Barral

La creadora de las historias policiacas del comisario Brunetti (ver la anterior reseña de “Muerte en La Fenice”) abandona la saga negra para narrar la investigación musicológica que emprende la protagonista –una fina musicóloga- en torno a unos baúles con documentación del músico Agostino Steffani (finales del XVII y principios del XVIII). Steffani fue un músico real y los datos de su biografía jalonan las pesquisas sobre su legado de la joven investigadora. La acción transcurre, como no, en Venecia; paisaje y paisanaje que Donna Leon conoce y describe a la perfección y que produce que cada vez que acabas una novela suya ardas en deseos de visitar la ciudad y perderte por sus piazze, calli y viccoli, aunque rehuyas el contacto con la “formación social”, un tanto ruin, que con tanta precisión describe  Al final el legado del músico, sobre el que se cruzan ambiciones varias, tenía una sorpresa- moraleja… En la contraportada de la edición se lee “una trama magistral, como la mejor aria, la partitura perfecta, aquella en la que cada nota, cada protagonista, esconde su propio secreto”. Pues eso a leerla con barroco.

  • La camarera de Bach, de Antonio Gómez Rufo. Ed. Planeta

La protagonista es una jovencita que entra a servir en la casa de J. S. Bach justo el año de su muerte, 1750. El capítulo I narra la convivencia entre el compositor, la criada protagonista y el resto de la familia que, a decir verdad no sale muy bien parada. Al viejo Bach hasta le da tiempo también de hacerle una criaturita a la camarera, vástago putativo a sumar por tanto a los veinte hijos que ya tuvo el Bach real. A partir de la muerte del músico ocasionada por una desafortunada intervención ocular, los otros nueve capítulos se dedican íntegramente a la vida de la criada por lo que, en realidad, la tal camarera podría haberlo sido perfectamente de Kant, de Voltaire o de Haendel sin que la novela hubiera cambiado un ápice. Sí que pasa que uno de los hijos de Dios –del de verdad– Johann Christoph Friedrich, que también fue músico pero no tan importante como Karl Philipp Emmanuel o Johann Christian, aparezca regularmente con cierto protagonismo alrededor de la criada –que acaba siendo una gran, y revolucionaria, dama-,  pero poco más de “música” se extrae del texto. Novela con pretensiones historicistas que sin embargo comete imperdonables errores en las escasas referencias a la música que contiene, como, por ejemplo, que los protagonistas se refieran a las obras de Johann Sebastián con su número de catálogo BWV (¡que es de 1950!) o con sobrenombres de las obras otorgados muy posteriormente. Aunque el mayor pufo es que la protagonista y su esposo acudan en 1757 a la ópera de Viena nada menos que a ¡escuchar una ópera de Verdi! Eso sin contar con otras pifias históricas como colocar a la protagonista paseando por los grandes boulevares de Paris cuando faltaban todavía cien años para que Haussmann los urbanizase… En fin, está claro que entre los amigos del autor que pudieron leer el manuscrito no había ningún músico que lo revisase. Más que leerla oyendo la música de Dios, lo propio es escuchar la de sus hijos, cualquiera.

  • Los tres violines de Ruven Preuk, de Svenja Leiber. Ed. Malpaso

El protagonista es un violinista que gracias al violín logra salir/escapar del agobiante ambiente rural de la Alemania profunda de principios del siglo XX pero que tiene que unir inevitable y fatalmente su destino al de su país. La música puede liberar… pero no de todo ni de todos, ¡que más quisiéramos los músicos! Y es que cuando la obra musical acaba la realidad sigue ahí –¡y menuda realidad!-; ese es el problema para el pobre Ruven, el protagonista. Los tres violines del título son los que el músico tiene, y conserva, a lo largo de toda su carrera. Cada uno de ellos está relacionado con una mujer por lo que la vida del músico se asocia a esos tres violines y los respectivos amores y vivencias que los acompañan. El estilo narrativo engancha porque no se pierde en vericuetos ni adornos, es preciso y acertado, lacónica y rigurosamente prusiano como la realidad social y artística que tan bien describe. El concierto para violín y orquesta de Alban Berg, “A la memoria de un ángel”, encaja con el libro.

  • El viaje a pie de Johann Sebastián, de Carlos Pardo. Ed. Periferica

La estructura de la novela es desconcertante. Bueno, en realidad son dos novelas. La descripción de la decadencia de una familia del Madrid de hoy, bastante desestructurada, por no decir excéntrica de raso, envuelve en el sentido literal otra pequeña novela que narra el viaje a pie que hizo el joven Johann Sebastian Bach, siendo ya organista y maestro de capilla en Arnstadt, su primer “destino”, a Lübeck para conocer al maestro Buxtehude. ¿Tiene algo que ver una cosa con otra? Pues no. Yo creo que el autor tenía preparadas los dos relatos y cómo sólo le publicaban un libro hizo una yuxtaposición. En realidad el viaje de Bach no aparece hasta la página 105 pero prescindiendo del resto de la novela es una pequeña joya. Contiene una lograda recreación del viaje iniciático del joven músico por la extensa Alemania, que no era tal entonces por supuesto, hasta llegar y permanecer una temporada en casa del gran maestro Buxtehude. Omite la repetida anécdota de que el viejo transmitía su codiciado cargo musical a quien casara con su hija, que no debía ir sobrada de encantos, y describe con credibilidad las inquietudes personales y musicales del joven Bach. Música de los primeros años de Bach, y mejor de órgano.

  • Sangre o amor, de Donna León. Ed. Seix Barral

Otra vez Donna Leon, que no deja de ser una de las autoras más leídas internacionalmente, y que como reconocida melómana que es vuelve a recuperar, varios años después, a parte de los protagonistas de la “Muerte en la Fenice” (ya comentada antes); en concreto, a la soprano protagonista “acosada” en esta ocasión por una desequilibrada admiradora que quiere llegar muy lejos… Aunque también esta vez el commissario Brunetti –el nombre, cómo no, es de un músico italiano del XVIII- lo podrá evitar interviniendo en la escena final a tempo y sobre el mismo escenario del templo operístico. Toda la acción de la novela transcurre entre las bambalinas de las representaciones de la ópera Tosca en el Teatro de la Fenice de Venecia, así que uno mientras lee entretenidamente y se sumerge en la conseguida trama policial va recordando, inevitablemente, la banda sonora de la impactante orquestación pucciniana.

  • Sonata a Kreutzer, de Leon Tolstói. Ed. Acantilado

El tremendismo ruso en general, y el de Tolstói en particular, se reflejan en esta pequeña novela que retrata un crimen pasional donde la música –y en concreto la sonata beethoveniana que todos hemos estudiado y que da título a la novela-  actúa como desencadenante de la tragedia. Es un intenso relato donde el protagonista, con unos argumentos que hoy en día nos parecen francamente delirantes o aborrecibles, describe y justifica el asesinato de su esposa, que como buena dama de la clase alta rusa, era pianista. Parece que Tolstoi lleva al extremo violento los valores burgueses de la clase dominante en su época para dejar evidente su pobreza moral y su hipocresía social, y desde luego lo hace con toda crudeza descriptiva. Quizá lo de menos sea la aparición del presunto amante de la esposa aunque su descripción sea de nota: “Era un mal tipejo… Sí señor mío, era músico, violinista; no un músico profesional, sino semiprofesional, una persona medio pública”. (Por favor, por favor, que nadie se sienta aludido…). Lo cierto es que el bestia del marido, engañado por la comunión “espiritual” que la música propicia entre su esposa y ese “tipejo” violinista, no puede reaccionar sino a la tremenda. No está mal la explicación de la contraportada en la edición comentada: «la música actúa como el cuchillo del asesino: ambos rasgan el velo de las apariencias, abriendo una grieta por la que irrumpen potencias imposibles de controlar”. Para contener el aliento y pensarse dos veces lo de hacer música de cámara con la mujer del prójimo… (sobre todo si eres un “tipejo violinista semiprofesional”…)

  • El ruido del tiempo, de Julian Barnes. Ed. Anagrama

¿Os imagináis una novela en que Bach apareciese como un cobarde pusilánime, superado por la opresión de su entorno, obligado a componer música religiosa que en el fondo detestaba? ¿Disparatada hipótesis? pues esa es, trasladada de personaje y entorno, la esencia de este libro. Claro que si el músico es Shostakovich y su entorno la Unión Soviética entonces se perdona cualquier licencia o manipulación por disparatada que sea… ¡pero la guerra fría ya terminó compañero y hasta tu paisano James Bond ha cambiado de malos malísimos! Y es que, siguiendo con el ejemplo, igual que no hace falta ser un beato pietista para reconocer la genialidad de Bach no se necesita ser stalinista para reconocer la genialidad de Shostakovich… pero ni aun así. El reconocido novelista británico reinventa la vida del músico soviético desde algunos episodios aislados que se difundieron ampliamente tras su muerte en 1975, como parte de la propaganda política occidental, a partir de una “autobiografía” que un tal Volkov publicó en Londres en 1978 retratando a un Shostakovich “disidente”; y aunque luego la propia familia y amigos del compositor desmintieran lo publicado y asegurasen que el tal Volkov no había estado con Shostakovich ni diez minutos en toda su vida, el bulo ya estaba lanzado, el pseudo-personaje construido y, adaptado al canon cultural capitalista, habitaba entre nosotros. Lo que musicalmente era innegable: la primacía de un músico comunista, Shostakovich, en el panorama artístico del siglo XX se convertía así en “políticamente correcto”. Así, despojándole de su esencia comunista, podía pasar a ser parte de “los nuestros” y en eso continuamos: inventándonos un Bach ateo. Por supuesto, la novela no profundiza en la extensa obra musical de Dimitri, aunque tiene perlas como que la quinta sinfonía la acabó con un acorde en Do mayor “como burla al régimen…» (sic.). Episodios como la composición y estreno durante el cerco de Leningrado en la SGM de la sinfonía homónima, su más impactante experiencia vital, no merecen atención, ni todo el resto de sus composiciones para películas y ballets, producción sinfónica, camerística, operística –con excepción de Lady Macbeth cuya famosa crítica negativa en Pravda, similar por otra parte a la que dispensó a la obra nuestra prensa “occidental” que lo llamó el “principal compositor de música pornográfica de la historia”, dato omitido en la novela, se eleva a ejemplo de la represión brutal que habría sufrido el compositor-. Tampoco se menciona el importante dato vital de que llegó a ser Presidente de la unión de compositores y diputado en el Soviet de Rusia y en el Soviet Supremo de la URSS; lo que demostraría lo “reprimido” que estuvo.

Según el autor nada de lo que nos legó Shostakovich es sincero y auténtico. En el fondo detestaba lo que hacía, así que hay que suponer que cuando componía esos monumentos sinfónicos que dedicaba a la revolución de octubre o al 1 de mayo, lo que “en realidad” –en el “subtexto” que dirían los modernos- hacía era ensalzar la “economía de mercado” y la “flexibilidad laboral”, por poner dos ejemplos locos…Musicalmente la novela no aporta nada interesante, se nota que Barnes no posee conocimientos musicales, y el retrato del compositor es totalmente tendencioso. Junto a un Prokofiev a quien el autor se permite despachar directamente como “idiota” (¡!), Shostakovich aparece como un pobre hombre cobarde, que no tuvo el valor para provocar que lo hubieran reprimido de verdad, deseo al que hubiera aspirado el novelista para poder construir el personaje que quiere… pero las cosas fueron como fueron… y sí: Bach fue luterano, y sí: Shostakovich fue comunista.

Y como la obra de Shostakovich es tan extensa… podemos elegir cualquiera: las majestuosas sinfonías, los intrincados cuartetos o las populares temas de películas…

  • Música de la Memoria, de Xabier Guell. Ed. Galaxia Gutenberg

Xabier Guell es director de orquesta y la Música de la memoria es una novela formada por un conjunto de semblanzas que como si fueran confesiones autobiográficas van narrando en primera persona los propios protagonistas: Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Liszt, Wagner y Mahler. Los grandes entre los grandes del siglo XIX, los exponentes del romanticismo alemán y de los cambios que preludian el posterior y convulsionado siglo XX. Pero los testimonios que el novelista recrea sobre la vida y la creación parten de acontecimientos de la vida de los compositores, en parte reales y en parte ficción, muy personales e íntimos. Episodios trascendentales en su vida que se reflejan en la obra y que son de todo tipo: amorosos, estéticos, sociales… Circunstancias que se contrastan con obras concretas que son analizadas con el detalle y la calidad que sólo un músico de la talla de Guell es capaz de plasmar. La novela, o para mejor describir el libro, el conjunto de relatos, en algunos momentos, parece un estupendo y entretenido tratado de estética y de análisis musical. En realidad es una mezcla de novela, ensayo y biografía pero la conexión que el autor tiende entre las obras concretas que analiza y la ficcionada vivencia personal del compositor ayudan a darle ese conseguido toque literario. La lectura perfecta sería la que combinase la audición de las obras comentadas con el relato que se va haciendo de las mismas.

  • Los prisioneros del paraíso, de Xabier Guell. Ed. Galaxia Gutenberg

Nuevamente el músico/novelista Xabier Guell que en esta ocasión aprovecha una historia real y bien documentada para tejer una novela “sobrecogedora”. El cruel destino de los mejores compositores checoslovacos del primer tramo del siglo XX: Hans Krasa, Viktor Ullmann, Pavel Haas y Gideon Klein, vanguardia artística de la época y que fueron gaseados por los nazis en Auschwitz. Pero antes de su asesinato pasaron una temporada en el campo de concentración de Terezín, donde el régimen nazi se permitió el cinismo, con la colaboración de la Cruz Roja internacional, de crear un ghetto “amable” ante el mundo donde los artistas recluidos, judíos y comunistas, pudieran desarrollar sus cualidades musicales. Incluso estrenado óperas propias o montando el réquiem de Verdi, qué ironía… La descripción de la crueldad salvaje del exterminio nazi y de cómo el ser humano puede transitar por esos territorios de maldad absoluta, han sido ya descritos en la literatura aunque siguen sobrecogiendo y no está nada mal recordarlos de vez en cuando. Pero en esta ocasión la cuestión es si la música puede ayudar a sobreponerse a esa crueldad ¿puede hacerse música en medio del horror? ¿Puede ayudar a mantener un último reducto de dignidad frente a la barbarie?. La rota historia de amor de uno de los músicos, Hans Krasa, con una gerifalte nazi –auténtica desertora de clase, que sin embargo es la única que se salva al final– completa la descarnada descripción del hundimiento de toda esperanza artística y humana. La narrativa de Guell tiene algo de sinfónico y aunque la historia que nos narra puede estremecernos los recursos narrativos que emplea no son tremendistas; más bien el ritmo del relato y las imágenes que va evocando tienen la armonía de una partitura orquestal. La novela requiere concentración… y respeto. Hay que encontrar obras de los propios protagonistas -algo hay en you tuve- para ponerle banda sonora a la narración.

  • Ravel, de Jean Echenoz. Anagrama

Novela corta que recrea los últimos diez años de vida de Maurice Ravel, con especial detenimiento en su viaje a Estados Unidos, (aunque también aparece su viaje a España, con parada y noche en Zaragoza….). A diferencia de la comentada de Barnes sobre Shostakovich aquí el autor no despliega ningún prejuicio ideológico. Con una prosa concisa y limpia se nos va desvelando el personaje del compositor vasco-francés, su retrato psicológico – con sus “manías” y debilidades también – y el del entorno de eclosión creativa del primer tercio del siglo veinte. La aproximación a las obras musicales no es muy profunda, a diferencia por ejemplo de lo comentado en las novelas de Guell, Echenoz es un brillante escritor pero no es un músico, pero si se nota que se ha documentado y aconsejado para colocar y comentar formalmente las obras musicales de Ravel en el contexto vital y psicológico que describe. Claro, yendo de Ravel ¿qué vamos a oír?

  • Al piano, de Jean Echenoz. Anagrama

Otra vez la prosa concisa y limpia de Echenoz. Frases cortas, descripciones breves pero precisas. En esta ocasión el protagonista de la pequeña novela es un pianista con dependencia alcohólica. Está claro que con esas dos ocupaciones su vida es un tanto problemática… La primera parte de la novela va narrando esa vida “especial” en donde tampoco se despliega un análisis musical de obras o estilos, sino que va más al retrato psicológico y a las peripecias vitales del protagonista deteniéndose, sobre todo, en el momento crítico de su salida a los escenarios cuando toca ofrecer un concierto… ( ¡Que nos van a contar de ese momento!, ¿verdad ? Esos instantes previos de nervios y euforia contenida pero también de miedo y dudas…). La segunda parte de la novela es la que descoloca bastante y no voy a avanzar nada más porque es un giro narrativo tan inesperado y desconcertante que, la verdad, no sé que opinar… el piano que suena aquí hasta podría ser jazz…

  • Vigilancia y El Silencio en “La mesa limón”, de Julian Barnes. Anagama

La mesa limón es un conjunto de relatos en el que Vigilancia y El Silencio introducen la temática musical desde dos perspectivas muy diferentes. Es un libro muy anterior al Ruido del tiempo y hay que reconocer la calidad literaria de Barnes para describir con elegancia e inteligencia el transcurso del tiempo (ya sabéis el viejo dicho: Todas las horas hieren y sólo la última mata…) a partir de personajes y situaciones cotidianas que se convierten en anecdóticas si se las compara con la última y definitiva presencia de la muerte.

En el relato titulado Vigilancia un melómano asiduo a los conciertos emprende una implacable campaña de acoso contra todos aquellos molestos asistentes acostumbrados a interrumpir la audición con toses, de todo grado y escala, sonidos digitales de relojes y teléfonos, comentarios, cuchicheos  y desenvoltorios varios… ¡Mi héroe! Sus represalias y venganzas –con las que todo músico ha soñado alguna vez en idénticas circunstancias- van parejas a su indignación. La ironía de sus comentarios sobre los “molestos” es de nota. Su reflexión final con la que se cierra el relato lo resume: “Lo esencial es el respeto ¿no? Y si no lo tienes, hay que inculcártelo”.

Opuesto totalmente en su contenido y formalidad es el otro relato “musical” del libro: El Silencio. Aquí Barnes va hilando una serie de breves recuerdos, apuntes estéticos, aforismos, que pone en boca de un ya jubilado Jean Sibelius. Conocido es el intrigante dato del silencio compositor que el músico finlandés mantuvo en los últimos treinta años de su vida (la verdad es que no fue tan radical porque, por ejemplo, compuso el Adagio festivo que hemos interpretado, pero lo cierto es que de ser un prolífico y reconocido  compositor pasó al mutismo casi total). De ahí el título del relato. Ponerse en el papel del compositor es arriesgado y complicado, máxime si con ello se pretende justificar ese intrigante “silencio”. Barnes supera el reto con este “collage” narrativo de depurada calidad y, creo, acierto psicológico-musical.

  • El absoluto, de Daniel Guebel. Literatura Random House

Más que una novela, yo la llamaría un “artefacto” narrativo. Su rareza estriba en que partiendo en principio de un planteamiento convencional: la historia de una familia a través de seis generaciones, acumula un disparatado desarrollo basado en las  rarezas y excentricidades de los protagonistas, entre quienes destaca un Alexander  Scriabin, cuya vida creo que poco coincide con los episodios aquí narrados, o mejor  dicho recreados y llevados al límite de lo verosímil. La cosa promete con el primer  personaje de la saga, un imaginado Frantisek Deliuskin, bisabuelo de Scriabin, que  componía sus obras musicales a partir de las distintas variantes de sus prácticas  sexuales, relacionando formas y tonos con acrobacias de cama y los desarrollos  melódicos y armónicos de la composición con la progresión amorosa que,  inevitablemente llega a la apoteosis musical/orgásmica. En la narración sobre la  descendencia de semejante personaje se cuela algún “no músico” que dedicado a la  religión o a la política, en términos por supuesto igual de delirantes que los músicos  de la saga, alejan a la novela de la temática musical que sin embargo es retomada  con la recreación de la vida de Scriabin, el famoso compositor ruso.

La novela se lee con bastante sorpresa y algo de desconcierto porque el “realismo mágico” –el autor es argentino- aplicado a una saga de músicos ruso/argentina no  deja de parecer a ratos un tanto forzado y disparatado. La narración se  “desparrama” por momentos y las peripecias vitales de los protagonistas no es que  resulten exageradas es que son increíbles, aunque por supuesto no estamos ante la  pretensión de verosimilitud de lo contado. Recomendables obras de Scriabin, por  decir algo.

  • La pirueta, de Eduardo Halfon. Pre-textos

Otro autor latinoamericano, que al igual que el caso anterior, se adentra en el mundo de la Europa oriental, esta vez de la mano de la historia de un pianista serbio, para ahondar en la música y la cultura gitano/balcánica. Más breve y conciso que el libro anterior, sin tanto “desparrame”, en La pirueta hay misterio musical y no tiene que ver con la trama donde, salvo la desaparición y búsqueda del pianista, misterio no hay ninguno. Son las peripecias del protagonista, un periodista que persigue obsesivamente el fantasma de su amigo pianista a partir de una serie de postales que va recibiendo y que le conducen finalmente a una Belgrado post-bélica donde la atmósfera de la música zíngara envolverá todo lo que se nos narra con detalle preciso. Aquí hay que oir a los balcánicos empezando por Goran Bregovich.

  • El don de la fiebre, de Mario Cuenca Sandoval. Seix Barral

Voy a reproducir lo que un buen amigo librero colgó en su Facebook sobre esta novela: “Biografía novelada del compositor y organista francés Olivier Messiaen (1908-1992). Descubierta por recomendación de un buen amigo, esta obra es de una sensibilidad extrema, muy recomendada para leer acompañada de la música del autor y así conseguir un crisol de experiencias y sensaciones difíciles de explicar. No es una biografía lineal pero sí es una forma de comprender la música de este compositor, nada convencional, avanzado para su tiempo y que en muy difíciles circunstancias sabe apreciar y aprehender los valores y experiencias que la naturaleza y la fe ponen a su alcance. Prisionero de los nazis, creyente con todas las consecuencias, las últimas páginas sobre la vivencia de la muerte son de una riqueza literaria exquisita, amante de la naturaleza y en especial d ellos pájaros, convierten este personaje en un gran atractivo. Es pues una buena novela que hay que leer con reposo y deleitándonos de su prosa , a la vez que, escuchamos las composiciones vanguardistas de este compositor”. Pues eso, muy recomendable. Y por supuesto, oír el “Cuarteto para el fin de los tiempos” obligatorio.

  • La cuarta señal, de José Carlos Somoza. Minotauro

Hemos llegado a una sociedad donde el mundo virtual ORGANO prácticamente ha sustituido al mundo real. Pero lo mejor de todo es que ese mundo virtual está  organizado matemática/algorritmicamente en base a la música de J. S Bach. ¿Y si resulta que el mundo virtual es en realidad el real y que la música de Bach es anterior al mundo e incluso al propio Bach? Nuestro origen estaría en un gran Big Bach y el  Bach histórico que conocemos no sería sino la encarnación, cual profeta, del  “eterno” Bach. Si en ese mundo “mátrix” aparecen unos malvados dispuestos a  acabar con el gran “core” informático que sustenta al mundo ÓRGANO tendremos  un grave problema que sólo la pareja protagonista –tanto en su vertiente real como en su vertiente virtual– serán capaces de resolver durante los Cuatro Días Más Importantes de Todos en que se desarrolla la trepidante acción. Bien, he intentado  resumir la trama pero os prometo que usando lenguaje convencional -analógico– no  es fácil. Me parece que esto es literatura del futuro. He leído que este libro lo utilizan  en algunos institutos para intentar introducir a los “millenials” en el mundo de la  literatura y la música – en concreto a Bach, por supuesto-. Si es así, bienvenido sea. La verdad es que es un poco desconcertante, no podría definir el género: ¿Fantasía? ¿Ciencia-ficción? ¿Misterio? ¿Histórica?… Lo tiene todo. Original es un rato, eso es innegable. La música es sólo Bach… eso sí por un tubo (de órgano)

  • Yo, Farinelli, el capón, de Jesús Ruiz Mantilla . Galaxia Gutenberg

Farinelli es el cantante que representa el máximo de la ópera barroca, el “pop star” de la época, y era un castrato, denominación que se utiliza para referirse al cantante sometido de niño a una castración para conservar su voz aguda. El término tradicional español referido a estos cantantes era capón. El autor que ha sido crítico musical de El País recrea una autobiografía o más bien un memorial que el anciano Farinelli, ya retirado en su casa de Bolonia, evoca sobre su vida personal y artística. Es difícil planear una autobiografía escrita en el siglo XVIII desde la ficción del siglo XXI pero el autor sale airoso del reto, ya que en todo momento utiliza una rigurosa narración y un estilo muy propio de la época. Y sucede que conforme vas adentrándote en la vida logra transmitir la veracidad de lo relatado y consigue que el lector se identifique con Farinelli. La figura de los castrati era algo asumido en la época como normal. Su arte causaba admiración y gozaban de un prestigio social cimentado en su también éxito económico como artistas cotizados. Eso los que llegaban a la cumbre, claro; nada o poco sabemos de los numerosos niños que morían durante la siniestra cirugía o de los que acababan desequilibrados en su mundo incompleto. No voy a entrar en disquisiciones sobre identidad de género (la novela tampoco entra, aviso). Es un interesante relato histórico y musical por el que nos va conduciendo el autor… Recomendaría también ver la película con el mismo título “Farinelli”, de la que guardo un grato recuerdo, y como fondo musical las óperas de Haendel, aunque como bien se narra en el libro estuvieron en “bandos” enfrentados por lo que el repertorio de Farinelli no fue precisamente el del sajón. Eso sí, hay que oírlas interpretadas por contratenores…

  • Doktor Faustus, de Thomas Mann. Edhasa

La he dejado para el final porque esto son palabras mayores y merecen una detallada reflexión. Confieso que cuando, siendo aún más joven, empecé a leerla por un cierto prurito de distinción la novela se me apoderó. Ahora que soy “menos” joven, sin embargo, la he disfrutado con una reposada y al mismo tiempo inquietante lucidez (bueno, parece que hablo como el propio narrador). No cabe duda que estamos ante una de las grandes obras maestras de la literatura universal y eso es mucho.

La novela es la biografía del músico –de ficción, que nadie lo busque en la Wikipedia – Adrian Leverkühn narrada por un amigo, el profesor Serenus Zeitblom, quien atormentado por las experiencias vividas al lado del genial músico se pone, nada menos que en el año 1943 en un espacio de tiempo que llegará hasta abril de 1945, a escribir unos recuerdos que son la vida misma que ambos compartieron. Aparentemente es la biografía inventada de un músico de ficción que como dice el filósofo Eugenio Trías evoca una mezcla de Schönberg y Niestzche pero es mucho, mucho más.

Los primeros capítulos sobre la infancia y juventud de ambos, biógrafo y biografiado, en la profunda Sajonia-Turingia, en ese país donde nacieron y vivieron Bach y Lutero, fueron la causa del abandono en aquel mi primer intento fallido de lectura. Ahora, repito, los he disfrutado y en especial el dedicado a unas conferencias que daba el maestro de música del lugar que resultan ciertamente impresionantes. Mann describe esa temática musical de La música y lo elemental, o La música y lo visual o Beethoven y la fuga con una ironía y gracia en la descripción de las circunstancias de las conferencias y al mismo tiempo con un conocimiento del tema inigualables. Las referencias filosóficas de esta parte de la novela, y en especial las relacionadas con los estudios teológicos del protagonista hay que tomárselas con paciencia pero son necesarias para entender el contenido puramente musical: “mi fe luterana me hace considerar la teología y la música como esferas vecinas e íntimamente emparentadas y a mí personalmente la música se me ha aparecido siempre como una combinación de teología y álgebra. Hay en ella mucho, asimismo, de la alquimia y del arte negro de pasados tiempos, colocados también bajo el signo de la teología al propio tiempo que de la apostasía. No apostasía de la fe sino en la fe”. Con esta reflexión, entresacada de otras muchas que desarrolla el protagonista, no es de extrañar que alcance un pacto con el diablo. El trato “dialogado” en un capítulo con el Diablo establece unas condiciones claras: a Adrian le será concedido tiempo de gloria, creación y fiebre, una exaltación estupenda del espíritu que pasará por encima de las trabas de la moral y la razón. A cambio, él deberá renunciar a todo trato humano. Su relación con el arte será solitaria y dolorosa. Y desde luego, deberá entregar su alma al término del plazo concedido.

Paralelamente, y abonando la discusión sobre si la revolución estética del serialismo contra la música burguesa corre pareja o es resultado de la propia evolución política que representa la experiencia nacionalsocialista asistiremos al ambiente pan germánico y a la fabricación de sus monstruos. Todo ello con una narración pausada, con una prosa engañosamente sencilla, que nos atrapa como alguien ha descrito con una musicalidad “mahleriana”.

El compositor cree que “es preciso ir más lejos y con los doce peldaños del alfabeto templado semitonal construir palabras de más volumen, palabras de doce letras, combinaciones e interrelaciones de los doce semitonos que sirvieran de pauta para la obra, fuera ésta del género que fuese. Cada nota de la composición, melódica y armónica, debiera justificarse por su relación estricta con esta pauta fundamental. Ninguna debiera repetirse sin que hubiesen aparecido ante todas las demás. Ninguna debiera aparecer si no es para llenar en el conjunto estructural una función motivada». ¿Os suena bien?, ¿o mal?. Para Mann la inspiración de esta revolución crítica con el patrimonio musical de los quinientos años anteriores es directamente demoníaca, el propio Satanás en el diálogo en el que encandila al protagonista señala que «Esto se acabó amigo. La crítica de lo ornamental, de lo convencional y de lo general abstracto son una y la misma. Lo que no resiste a la crítica es el carácter ficticio de la obra burguesa, en la que la música, aun cuando sin expresarse en imágenes, tiene su parte. El no expresarse en imágenes representa ciertamente una ventaja de la música sobre las otras partes, pero la infatigable reconciliación con el imperio de lo convencional constituye su interés específico y de este modo ha participado, según sus fuerzas, en la consumación del gran engaño. La supeditación de lo expresivo a la reconciliación con lo general es el principio básico de la ficción musical. Pero esto terminó, la idea de atribuir a lo general un superior contenido armónico se desmiente a sí misma. Pasó el tiempo de las convenciones previas y obligatorias que garantizaban la libertad del juego». Casi nada… yo antes de entrar en discusión con el diablo en esos términos tan profundos pediría el comodín de ayuda de nuestro director/ profesor de filosofía.

En fin que el novelón se las trae. Doctor Faustus es un frenesí de personajes (muchos), ideas filosóficas y políticas (todas) y música (real y de ficción). La vida del músico Adrian oscilará entre la fiebre creadora y los periódicos ataques de migraña que le sumen en el silencio. Le veremos convertirse en un genio ignorado por su época. Alguien ha dicho que la historia del Doktor Faustus es la historia alegórica del arte moderno: la ingenuidad ya no es posible, el artista ya no se permite a sí mismo nada, y necesariamente ha de entrar en el peligroso terreno del cinismo y la altivez intelectual. Ese es el auténtico pacto demoníaco del que trata Mann, y que pervierte la relación del artista con su obra. Casi nada.

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